Si el Agua se Agita*

(…) One individual was raised over a nine-month period to subadult condition for the first time. The medusae did not feed naturally in most aquaria but they accepted and digested prey items placed by hand onto the manubrium. Medusae maintained in planktonkreisels, however, extended tentacles and captured and ingested live Acetes, large prawns and fish by subumbrellar flexing of the pedalia. Digestion of prey was rapid and food particles were circulated directionally through functional canals and lacunae primarily by contractions of the bell but also by peristaltic contractions of interradial gastrovascular tissues. In the laboratory, medusae visually reacted to dark objects by swimming away from them (…)

Hamner, WM, Jones, MS and Hamner, PP (1995). Swimming, feeding, circulation and vision in the Australian box jellyfish, Chironex fleckeri (Cnidaria:Cubozoa). Marine and Freshwater Research 46, 985–990.

Como si me entrara humo o agua por la nariz. O cualquier intromisión nasal que, tal vez por su propia rareza, por su tenue desafío gravitacional, pone en una alerta instantánea y seguramente injustificada a todo el cuerpo y a toda la mente. Y, como las nimias chiquitas apenas blancas que no alcanzan el gris cosas injustificadas de la vida, permanece ahí, como el humo o la humedad permanecen en el oído. Te digo esto porque confío en ti. A pesar de todo.
A veces, para hablarte, me parece que necesito un hilo que no hay, uno que lo amarre todo. Porque sólo tengo los fragmentos un poco pedantes, un poco fluorescentes, como luces de neón de la memoria que no por ser llamativos son sinceros o mejores que los bares humildes de las carreteras, ofreciendo su madera vieja. Desconfío de los recuerdos que no he escogido y lo que queda de ti es parecido al sueño: le falta contraste. Todo se difumina demasiado rápido y lo que está ahí no tiene el sentido que tuvo. Te digo esto porque confío en ti.

Qué raro es que de pronto llegue el viento.
¿Te acuerdas de lo ventoso de aquel día?

Recuerdo que unos querían volar un papalote, que se rompió rápida y violentamente. Todos los colores rasgados y sus caras impresionadas y tristes. Una raja veloz, el ruido de la madera rompiéndose en dos, tres, miles de pedazos. Y sus caras. Claro que era cómico verlos de lejos. Mirarlos era como mirar una silla vacía. Una, la más chica, de cabellos áureos, se acercó y lo levantó lentamente, después de atrapar los pedazos que se movían como caniches. Su cara de no entender nada le daba la vuelta a la madera rota, como si en algún lado estuviera la respuesta a su pregunta, como si se tratara de un enigma el que una amalgama de papel y palitos se quebrara con el viento. Yo me moría de la risa. Te iba a decir que mirarlos era como mirar una silla vacía cuando una ráfaga de arena del norte me llenó la boca y me obligó a mirar hacia abajo.

Su falda eran nubes que el viento movía mi falda. Él vio sus piernas, como si fuera un descuido. Pero la de la lengua de arena miró sus ojos justo cuando miraban las piernas blancas, brillantes como un astro. El sol, en cambio, miraba fijamente a la arena y a los cuatro cuerpos, cuando todos eran cuerpos, excepto el de la más pequeña, que era un reflejo o un destello. Una quiso decir

-Es como mirar una silla vacía

pero ya la primera palabra salió hecha polvo. Luego miró el traje de baño de él y vio levantarse sus miedos. Se despertó una predecible tristeza que dormía sobre su espalda y sonrió con la mitad de su rostro. Escupió la arena y dijo que

-Basta de sol

porque ya la tenía podrida e inauguró una ruta al mar.

Entró de espaldas, para deformar el ruido de sus pensamientos y siguiendo viejas supersticiones de pescadores locales -decían los ingenuos que de esta forma el mar no sabe que llegas y, pensando que sales, no intenta devorarte ni te sigue con la mirada; o que al agua salada no le gustan los pies pero tampoco le da asco comérselos, y por eso las aletas mordidas de los peces osados). Por un instante hubo un profético silencio que, aunque no duró mucho, lo apagó todo. Más tarde se percató de que no sólo se irguieron el miembro y la tristeza, también un inesperado deseo, agradable e incómodo, nuevo cosquilleo etéreo que lo volvía todo más molesto, a pesar del mar. La playa era un perro viejo, estirándose hasta donde alcanzaba la vista, agudizando la pereza de lo que fue.

Ese día yo vi algo el futuro en forma de pasado. Te seguí al agua, después de un rato porque la verdad es que no quería mojarme, esa es la verdad. Primero vi un perro color mango perdido en la distancia, hacia el sur, luego mire al norte y no había nada más que la niebla de arena, anunciando el día funesto. Atrás no vi, porque sentía miedo en mi espalda. Di ocho pasos siguiendo tus pasos, que todavía estaban en la arena, suaves piedras de río, pulidos pies convexos de cerámica antes de ser quemada, con sus siluetas redondeadas por el caldo del mar. Pensaba que eran brillantes y que me daría algo de tristeza verlos desaparecer y en si no sería mejor pisarlos a que el agua se los comiera y escupiera arena plana: la misma arena de kilómetros y kilómetros, indiferente contorno infinito. En eso pensaba cuando vi algo, una sombra arriba de mis ojos, entre tú y el horizonte. Iba y venía, pero a contracorriente, como una ola que alguien hubiera colgado de cabeza. Primero pensé que era el monstruo del lago Ness, pero ahora que lo pienso no era un lago y en general esa era una idea estúpida. Pero entonces yo estaba afuera del agua como todos los palurdos y tenía la cabeza seca y pensaba cosas estúpidas. Ahora no. El agua te deja dejar de pensar y por eso los cabezas secas dicen que es clara.

Desesperado, te grité

-¡Alba!
-¡Alba!
-¡Alba!

Pero tú nadabas directo hacía a la sombra.

Él observaba el suelo con expresión estúpida y luego subió la mirada lentamente sus hermosas pestañas, casi como si lo hubiera ensayado. Ojos fijos y comisuras a punto de una sonrisa que no llegaría. Y luego miró al horizonte con la misma expresión: sólo con sacar un poco la lengua hubiera asemejado un braco de Weimar, un fantasma gris. Miró largamente hacía donde ella estaba, pero sin verla. Comenzó a hablar la lengua del mar y sólo dijo como si hablara el silencio:

-phfff
-phfff
-phfff

Nadie lo escuchó, la única respuesta fueron las olas que lo tocaban una tras otra con unas manos de espuma que se aferraba a sus pies, que le mordía los dedos como poseída por la venganza de todos los peces que murieron en ella, espuma que se desgarraba y olvidaba su pasado con tal de aferrarse al nuevo cuerpo, espíritus dispuestos a vivir dentro de cualquier pliegue. Con sólo ver su rostro inexistente uno adivinaba y casi podía oler su aliento marisco, su hedor a coral viejo. Sus ojos se movían como los barcos en la distancia y el mar se movía como si esos mismos barcos transportaran grandes tinas verdes. En el agua inquieta de las tinas, las palabras iban y venían como va y viene la nostalgia del hogar. El verde del agua que no era verde estaba ahí, en cambio, indiferente al movimiento, como si por ser metáfora y luz nada le debiera a nadie.

No entré al mar, más bien fue el mar el que se sumergió en mí. Se lavaba entre los dedos de mis pies, metía su sal a mi ombligo, lijaba las frustraciones comprimidas en mi vientre. Mi edad. Mi figura sola en la foto de generación que mi generación no tuvo. Mi tesis, que a pesar de todos los elogios, no resolvió maldita cosa del mundo. Tú, con tus ideas jóvenes mirando a las chicas de tu edad. Las comunidades empobrecidas, en las que nunca pasaba el hambre y todo lo demás se tomaba su tiempo. Mis antebrazos que se comenzaban a colgar, prematuramente vencidos por la gravedad. Sus piernas turgentes y tu urgencia manceba eran sólo la imagen dilatada de todo ello. Aunque sabía y sé que las cosas nunca son tan sencillas, me parecía que era toda la podredumbre del mundo la que producía la energía concentrada en tu descarado deseo involuntario. Te veías tonto, efe, como un perro persiguiendo una paloma.

El mar lo miraba. Primero arriba, luego abajo, ondino el movimiento. Siete veces lo miró desde la cúspide, y su cabeza era la de un águila aturdida que pensaba a dónde habían ido sus hijos -si habían caído, si habían sido devorados, si finalmente habían huido de ella- estupefacta cabeza confusa de pájaro, estática en su nido de arena. Siete veces lo miró desde el abismo, y su cabeza era la de una montaña triste, monolito sin nieve ni fuerza, que pensaba a dónde habían ido sus árboles -y cómo habían caminado, lentos y hartos, a pesar de sus raíces-. Como si respirara, lo miró siete veces. Se transmutaba: siete veces un águila, siete veces una montaña.

Te escuché bajo el agua tu voz sonaba como la de un monstruo. Pero no me llamabas, no era mi nombre lo que gritabas y tal vez lo sabes. Incluso debajo del agua podía oír tus gritos, agudos de pasar entre celosos colmillos, viperinos y envidiosos, podía oírlos perfectamente, como si me gritaras al oído desde todas las direcciones. Como si me rodearas, agudo y repetitivo como una oveja sorda. Tres veces oí que me llamabas.

-Baalphr
-Baalphhr
-Baalphhhr

Así que nadé más y más profundo, hasta que sentí que mis pulmones se convertían en sacos vacíos y arrugados. Pero cuando ya no podía más, efe, me enfilé hacia la superficie, porque la verdad es que no me quería morir ahí, tan lejos de mis padres. Ni ahí ni en ningún lado: simplemente no me quería morir. Yo creo que el viento nos quería volver a todos locos. Porque te llamé con todas mis fuerzas y pude ver que cómo mi voz se alejaba a lo largo de la costa, como un pedazo de tela. Y también porque los demás se habían convertido en otra cosa: ella en un ovillo y él en una rana de muchas patas, obsesionada con cavar un agujero con sus manos en forma de pala.

Una chica que nunca había visto se acercó y me dijo que si quería acompañarla con sus amigos. Tenía ojos muy negros y parecía entender lo que pasaba. Me asustó y olvidé que vi algo dentro del agua, pero no te olvidé a ti, aunque dejé de verte, porque te volviste azul o mis ojos se llenaron de arena porque dejé de verte. La chica de ojos negros me tomó de la mano y me dijo

-Ven.
-Es que perdí a una amiga

respondí.

-Yo perdí una hace tres días

dijo, aunque no sé si era un chiste. Y en seguida repitió

-Ven.

Creo que se llamaba Andrea. Me tomó de la mano. Yo cerré los ojos. ¿Era de noche o estaba lloviendo? No la quería besar, aunque la besé. Me contó, alrededor de una fogata, cómo se conocieron sus padres: su madre se resbaló en la lluvia y su papá pasó corriendo tres veces frente a ella, pues entrenaba para una carrera, antes de ayudarla. Ella se quedó en el suelo, la primera vez por vergüenza, la segunda y la tercera para ver si aquel corredor la ayudaba.

-Tú mamá era una tramposa, entonces

le dije y reímos.

De su paladar salían bocanadas de humo azabache, deliciosas, con un olor a frutas ahumadas. Cada vez que reía, humo. Luego dijo que su papá vivía cerca y llevó a su madre a casa para que llamara por teléfono y para limpiar sus rodillas con alcohol. Le pregunté si seguían juntos y sólo dijo que a su padre le dieron asco las rodillas sanguinolentas de su madre el resto de los días que estuvieron juntos, pero que igual ese día las curó con un amor futuro y un tedio sempiterno. Le pregunté qué pasó después y respondió alterada y sus ojos fueron amarillos por un instante.

-El problema es ese: que el comienzo sólo es una vez cada vez a cada rato. Una repetición condenada. ¿Será? Que por eso terminamos las cosas, quiero decir, ¿será que lo destruimos todo para volver a empezar? ¿Tú qué crees? Y que, en cada comienzo, nos damos cuenta de que no funciona así, de que jamás en la vida podría funcionar así. Que las cosas sólo comienzan una vez, y luego re-comienzan, que no es lo mismo, que no es para nada lo mismo. ¿Será que se nos olvida? ¿Que seguimos destruyéndolo todo, porque esta vez, tal vez esta vez, sí funcione?

Cuando se calló puse mi mano en sus rodillas y la besé porque había dejado de escucharla y te juro, Alba, que era como besar el fuego. Ahora todo está frío y estás callado como las tumbas blancas. No puedo decir que no lo viera venir, si se te iban cayendo las palabras. Por eso recordé ayer la primera vez que te vi. Me dio pena hablarte porque eras guapo como la luna llena. Joven, un bebé. Como si Alcides-Huitzilopochtli acabara de nacer, mitad astro, mitad hombre armado, cortando el cordón umbilical con su pequeña akinaka, avanzando trastabillante, pero bien dispuesto a cortar, con una serpiente por espada, cualquier ofidio que se le pusiera enfrente. Sé que me viste, porque moviste tu silla hacia mí, innecesariamente, para que en tus falsas pausas de trabajo pudieses ver mis manos, mis botas, mi pelo, o qué se yo, pero nunca mis ojos, ¿verdad?, porque no estabas listo, supongo. Pero me ibas aprendiendo, efe, como un rompecabezas. Luego fui al baño, aunque hubiera preferido besarte, y cuando volví ya no estabas. Busqué esperanzada una pista dentro de mis papeles, oculta entre plumas verdes y azules, en tus trastes vacíos todavía sobre la mesa, en la mirada de los otros habitantes del café -por lo menos un cómplice- y nada. Te fuiste, dejándole toda la responsabilidad al destino, bebé Alcides, bebé miedoso, porque sólo sabes huir. Ahora pasa lo mismo: busco las pistas en tus enmutecidas pestañas, me quemó las mías buscando una palabra para mí en tu rostro. Y nada.

El café era sepia en su mayoría. Aunque después fuese blanco y negro, o tal vez antes. Nada tenía en particular, salvo haber encallado y era por esta misma naturaleza marítima que un amor completo rompía furiosamente en sus ventanales redondos: a las mesas se aferraban los solitarios, en sus desesperados intentos de mantenerse a flote; las sillas se acercaban rítmica y milimétricamente, para que lo casual fluyera con miedos diezmados; las peleas entre parejas se sucedían intempestivas, y muchas veces el amor era tan amor que los habitantes continuamente se quedaban sin aire con los mismos espasmos arrebatados con que los pescados mueren. Uno pensó que los trabajadores del café vomitarían obligados las primeras semanas, hasta acostumbrarse al trepidante movimiento y las escenas melodramáticas. Las vigas se doblaban a la menor provocación por pura inercia, el mayor gasto era reemplazar las piezas oxidadas de las máquinas de capuchino, y en general había una sensación de sal por todas partes.

Él la miró en varias ocasiones, con unos tiernos ojos de prisionero. Un mesero le llevó un vaso con agua que, al tocar la mesa, dejó escapar un plink que se asoció con el silencio para resonar en la dirección de Alba. Parecía un loco ese sonido, rebotando desbocado en lugares inciertos; desesperado por llegar a su destino, apenas lo logró. Varios comensales lo miraron con disgusto. Alba miró primero al sonido y deslizando la vista sobre su estela llegó a Franco, quien rápidamente miró una de las paredes, de la que salía una piedra selacimorfe. Y mantuvo la vista atenta, como si la leyera, aunque ésta era más bien plana y de mirada vacía: un libro aburrido. Ella lo miró fijamente, hasta que se hartó. Luego se detuvo en su café. Amargo y caliente, una ola tocando un arrecife. Mar bruno que tus labios toca. Claro que toca tus labios, eso lo sé. Sin embargo, no encuentro cómo acomodarlo.

Todo está desmembrado, ¿sabes? Una línea blanca doblada, que no sé por qué, me parece la última que yo haya visto. Un labio, otro labio, pero no unos labios. Parece una herejía todo esto. La cerámica sonriente, un labio, otro labio. No lo encuentro. Estoy bastante seguro de que antes estaba casi todo en su lugar. Y ahora se cruzan las palabras nuevas y las viejas. Aunque sospecho que tiene sentido, no puedo acomodar estos pedazos. De pronto hay estas mesas que dices, y el café amargo y la sensación salada en mi piel, pero también el frío y los insectos que crecen alrededor de las tumbas: muerden a los muertos, luego te muerden a ti, el contagio, son los únicos pequeñísimos puentes entre lo vivo y lo muerto. Es asqueroso, Alba, es asqueroso. Siempre imaginé a Caronte como un ser repulsivo, una figura alta y negra, de dientes verdes y humor cascajo, pero mira, resulta que el mosquito pica al muerto y pica luego al hombre y lleva en su saliva las únicas cartas de dios que vamos a leer en vida, que ya no tienen remitente: las leemos como niños en desvanes y sótanos viejos, sin querer y culpables. Esos inconscientes lo están arruinando todo. ¿Quién sabe si ya leímos sus cartas? Las de la mancillada, las del héroe caído, las de los amigos -ay, lo siento, lo siento, lo siento-, las de aquella del cuarto de paredes blancas, las de aquel del cuarto de paredes que se pudrieron y, como las hojas, se volvieron
verdes
morenas
negras.
Como la madera se pudrieron, como su cuerpo se está pudriendo.

También está el frío en forma de figuras cuadradas. Se acomodan unas cosas sobre las otras, como cubos de colores -juguetes de niños- con un mensaje cifrado y sólo disponible a los iniciados: las letras tienen sentido, pero su orden no. Una quebrada línea negra y un hilo rojo intentan, sin éxito, atravesarlo todo. Ahora recuerdo con la claridad del agua removida por unas manos largas, punzocortantes, ahora recuerdo, con la translucidez del molusco, que era o un cementerio o un edificio viejo, del que ya sólo quedan paredes que parecen lápidas o letras oxidadas que parecen tuberías. Lo cierto es que había viento y que ellos vieron las mismas superficies blancas y olieron el mismo aroma disecado que guarda lo antinatural y viejo. No el olor agrio de los ancianos, sino esa esencia de lejía y orines, de pasillo clausurado, un indescriptible aroma a verde pistache. No el olor de lo enfermo, sino la frescura de lo abandonado. Cierta brisa húmeda, tumba del tiempo, que se exhala y renueva de los edificios herrumbrosos. El tabique casi casi hecho agua El tiempo abriendo la puerta de un refrigerador.

Había también el movimiento de los árboles, acercándose a sus nucas mientras no los mirasen, alejándose culposos en cuanto uno volteaba a verlos. Uno que parecía un mirlo se balanceaba en la rama de otro que parecía un flamboyán. El naranja travieso de sus flores enmudecía al verde del pasto, este contraste no podía ser sino una situación agresiva para el espectador. No muy lejos se escuchaba también el sonido apagado de una carretera. El sol, deseoso de mediodía, los tocaba suavemente.

Había un poco de moho también, dándole mordiditas al concreto. Eso o las lápidas emergiendo como árboles, intentando que nadie se percatase de su naturaleza artificial. Lo cierto es que habían piedras modeladas por alguno y que éstas eran carcomidas por lo verde que se modelaba a sí mismo. Pinceladas de azar orgánico, espasmos biológicos y siempre el triunfo distante y agudo de lo pequeño sobre lo grande.
Así, aguda y lejana, se escuchaba también una ambulancia. Su ruido, como las patas de los grillos, no fue en ese instante lo importante. Era si acaso algo que apenas perturbaba el ambiente y se dispersaba en la mente como se dispersan en general y para siempre las voces de los muertos y en particular y ahora mismo las gotas de sangre en el agua de la alberca.

En ese momento ambos se dirigieron lentamente a la piedra bruñida, novísima, apenas con la destrucción de los días, pero no de los años.
En la lápida se leía el epitafio

Una muerte blanca

entre otras cosas.

-¿Y qué?

preguntó ella.

-Y nada.
-¿Y ahora qué?

preguntó ella. Y ahora nada, porque el pasado nos tuvo encadenados a revoluciones fallidas y pisos grises. Y que a nosotros se nos apagó el fuego, se nos acabaron las montañas para forjar lo que viene. El futuro también es blanco ahora. Y eso es todo. Eso no es todo. No es totalmente cierto lo que dices. Tampoco es totalmente falso. Más bien tú tienes unos ojos y yo otros. Y las miradas, si acaso, se cruzan. Te voy a decir lo que pasó ese día, así que escúchame con atención.

No era el viento, sino el mar el que sonaba. Phfff phfff hacía mientras inflaba las mejillas y sacaba sus blancos dientes phfff phffff hace el mar detrás de ti adelante de la memoria phfff phfff el ritmo del recuerdo va y viene. Detrás del mar, está tu materia. En el hospital ninguna ambulancia se escuchaba como los grillos, todo lo contrario: nos rasgaban los oídos. Y cada vez que una salía o regresaba como regresan las abejas con su miel, sufríamos una y más veces la casi muerte de Luis y la vergüenza roja de Ekatherina. Aunque todos los que velábamos su sueño hubiéramos gritado al unísono, no había forma de vencer ese silencio pesado y verde que, sobre nuestras cabezas, jugaba el papel gemelo de sombrero y de sombra. Sólo se escuchaba el zigzag del océano y los avisos mortuorios de las sirenas.

Porque aunque te parezca que exagero, para mí sí son las ambulancias una muerte escandalosa. Y no creo que la gente apriete sus caras como puños y las mire, a las ambulancias, sólo porque el ruido es alto y molesto. Lo que realmente incomoda es que uno sabe que es la muerte la que pasa, una muerte de golpe obtuso a veces o una muerte a cuentagotas otras, pero una muerte finalmente. Y no con el silencio fúnebre de las carrozas, sino con la pompa impúdica y desvergonzada de lo agudo, una loca que se pasea desequilibrada y veloz, desnuda por la calle, mientras grita Mírenme Mírenme!

De lo blanco sólo recuerdo su tumba, de lo blanco sólo recuerda su tumba reluciente a la luz del sol del mediodía, más alba que el alba. Aunque nunca lo pensé seguro que era una de esas piedras de los mayas, que hace de espejo y deslumbra a los turistas en las viejas carreteras. No es que se trate exactamente de un espejismo, más bien lo extraña a uno que haya tanta luz sobre la tierra, te hace pensar que algo está mal, que tus pies están donde tu cabeza y tu cabello enmarañado y sabes, tienes la certeza de que nunca nada volverá a ser como antes. Aunque te despiertes y leas el diario y mires a las mismas personas y la misma ciudad triste. Aunque esa señora te poble de pequeñas preocupaciones. Aunque el correo llegue. Aunque te vistas y camines y leas y te aburras y duermas y lo repitas todo una y otra vez, nunca nada volverá a ser como antes. Una extrañeza así.

De lo blanco sólo recuerdo también las paredes. Sé que te lo puedo decir ahora, que ya han pasado los pulpos y los calamares y ahora el tiempo pasa lento mientras miro el agua turbulenta de la alberca. Después de todo fueron tus palabras las que me llevaron a su departamento de paredes vacías. La habitación inmaculada de un estudiante, al fin y al cabo: desnudas las paredes, un colchón y algunos libros. Sólo un cuadro cerca de la entrada, horrible pero, gracias al cielo, inaccesible a la vista desde la habitación (más tarde, casi muy tarde, no demasiado tarde, me diría que fue pintado por su madre). Lo demás era una blancura casta que te dañaba las pupilas como el Everest. Podías ver a los insectos volar, sin una sombra en la cual guarecerse. Recuerdo haber visto uno mientras ella, casi desnuda, me la chupaba. Casi desnuda. ¿Hasta dónde el límite? Podía ver sus senos resplandecientes a la luz de la promesa de coger; podía ver sus piernas prensiles, sus ojos cerrados, su sexo nítidamente definido; pero. Tenía una blusa negra enrollada sobre sí misma, un cinturón que contrastaba con su blanco cuerpo, su pequeño tierno personal yingyang: el aviso que anunciaba triunfal al resto de su cuerpo. Gordo punto final sobre la página también blanca.

Semidesnuda. Semi, a pesar de su sexo pleno, de sus senos que me miraban como peces bajo el agua, curiosos, asustados y con sus bocas llenas deseo. Semi, a pesar de que lo único que no era evidente, habría sido visto por una lista interminable de hombres y mujeres, desde los médicos que le tocaron el vientre, hasta las turistas de bikini homólogo. Y sin embargo.
Ahora pienso en los límites, en esos tan cuestionables pequeños cajones donde se guardan los ornitorrincos, a la mala. En cambio, mientras me la chupaba yo pensaba en ese mosco, en ese mosco me va a picar. No es lo mismo, pero al final el pensamiento siempre se detiene.
De lo blanco sólo recuerdo que me dolían los ojos.

Recuerdo también la segunda vez que te vi. Eras un conejito asustado entre la multitud. Marchábamos de la Universidad hacia el Palacio de Gobierno, por la ruta más larga posible: pasábamos por la Plaza del olvido, a lo largo de la Avenida del delincuente revolucionario, por el Parque de los mártires y un tramo breve de Insurgentes recurrentes; pasábamos frente al cuartel femenino de las tías de los abusados quienes, con sus banderas negras ondeando como las de los barcos piratas, bajaban de sus navíos colgadas de unas cuerdas y abordaban la marcha. Éramos toda la fuerza del mundo eramos toda la fuerza del mundo. Nuestras voces llegaban a las colonias olvidadas, eternas y grises, que se trepaban a las montañas como una inundación descontrolada.
Quién sabe quién te invitó, pero ya te había dejado atrás o te le habías perdido como los niños en el super. Y seguías caminando, a la velocidad de la turba enardecida. Silencioso, con los ojos bien abiertos: fingiendo las consignas que no te sabías. Yo te observaba divertidísima.

Comenzó a llover, un verdadero diluvio. No nos detuvo, porque éramos toda la fuerza del mundo: parecía una señal de dios para mitigar nuestro fuego, porque ardíamos. La ciudad se volvió blanca y los zapatos se iban poniendo cada vez más oscuros y también cambiaban sus sonidos, era el líquido el que despertaba su otra naturaleza animal, la que añoraban apretados e inmóviles en los sótanos del guardarropa, aquí, en cambio, gruñían al pisar y todas las pisadas unidas eran el rugido exacto de un león marino. Era bellísimo. Reíamos al ver nuestras caras atravesadas por nuestro pelo mojado, nuestras cabezas redondeadas, la niebla de los anteojos, las quijadas que reproducían el chapoteo en las ventanas de los edificios serios del centro histórico.

La nueva primavera, los llamaban. Los indignados. Los unlanded. Generación despojada de antemano de todo fruto pasado y cualquier esperanza futura. Nacieron de los derrotados de un mayo abrupto, nacieron muy tarde, nacieron gritando. Lo hacían en sus caras, con sus pañoletas beligerantes se burlaban maleducados y déspotas de las corbatas y los trajes negros. La marea subió alta y rápida. El tiempo se comprimió y se distendió como una liga indecisa. Nadie supo decir si era el mismo mayo u otra vez mayo, pero tarde, con un clima diferente: porque estaba el sol, pero también y en seguida estaba la lluvia por lo que no hacía ni calor ni frío: las bufandas eran un lastre o una lengua y en la noche había que frotarse los pies como si fueran manos -así decían los poetas- para entrar un poco en calor, mientras los calcetines goteaban en los tendederos improvisados. No había suficientes zapatos secos para este mayo en abril, tal vez más naranja, explosivo y falso: fuegos artificiales iluminando la oscuridad éramos todo el fuego del mundo y luego, cuando seguía el silencio, éste parecía ser más grande que todo lo demás. Como los cuartos oscuros, que lo guardan todo menos el límite. Que abrigan a las arañas, el deseo dislocado, la oportunidad necia, todas las mentiras, el infinito de lo monstruoso, todo menos el borde, la frontera, el barandal de donde agarrarse, que se queda afuera y muy tarde.

Pero no siempre fue así, ¿recuerdas? La facultad hervía y si uno caminaba a otra facultad quedaba impresionado, porque también ahí había fuego y sentíamos que nuestra sangre era gasolina, bencina vencedora, venganza que esta vez sí era realizable, sí señor, esta vez es distinto, decías orgulloso con tu pecho inflado y tu cara agradablemente enojada, imitando a Luis como un hermano menor, efe. Y, aunque primero sólo nos mirabas empequeñecido por tus propias inseguridades, por tu temple pálido, al final del día, antes de que se nos apagara el fuego parecías convencer a todos los indecisos y engañabas a los viejos como yo. Por eso te invite a mi casa y a mi vida. Por tu fuego fósil.

Un día dijiste:

-Tengo un problema.

Yo me reí, porque estabas muy serio. Y esperaste pacientemente a que cerrara la boca.

-Ajá

dije. Apretando los labios.

-Es un problema de melancolía

continuaste, mientras yo pensaba que eras un niño que se acababa de robar un galleta de chocolate o un globo rojo.

Mirando hacia el suelo, donde había unas hojas quebradas por la injusta mancuerna de los zapatos y el otoño espiral infinita por la que caigo, dijiste que

-La melancolía es como un recipiente de vidrio, redondo. Como una pecera que uno puede cargar con las dos manos. Es pesada, pero no es un peso. Cuando estoy contigo, estoy contento, pero al mismo tiempo siento que cargo ese recipiente. Y, cuando estamos así, sólo platicando, sentados en una banca, me doy cuenta de que ese recipiente se ha ido llenando de agua fresca y que va a rebosar en cualquier momento. Es triste, pero llena mi pecho,

dijiste. Y yo pensé:

- ...

mientras tú seguías mirando al suelo. Pasaron algunos instantes, en los que los grillos inflaron sus mejillas y pulmones y cantaron acerca de los tiempos antiguos, cuando eran un pueblo libre. Dos o tres instantes después, te besé.
Una señora nos miró y sonrió. Un pájaro voló sobre nuestras cabezas. Las raíces subterráneas de un árbol cercano siguieron creciendo imperceptiblemente.

A veces puedo escuchar el agua. Es como un barrullo. No es como si mi voz me hablara bajito y en otro idioma, no, sino como el barullo de un lenguaje conocido. No es que no lo entienda, sino que son demasiadas voces. No es que lo sepa. No es que lo sepa exactamente: más bien es como lo que conozco del agua, cuando está alrededor de mí al salir de la bañera. Ni saber, ni un total desconocimiento. Si es que lo puedo decir, tal vez lo puedo decir así: los cuerpos sumergidos saben más del agua que los biólogos y los peces. Eso. Revisitaba el discurso una y otra vez. No el que te dije a ti, sino el que le dije a él. Lo reconstruía en mi cabeza: quería armarlo exactamente como había sido: caminaba por las palabras y cambiaba un artículo, una declinación, alguna sutileza del énfasis -pensaba, ¿acaso fui suficientemente enfático?-; me detenía y lo repetía una y otra vez de principio a fin. Por muchos días sólo articulé el discurso en el que le dije a él lo mucho que te quería.

Él me preguntó, en cambio, como si se tratara de un trueque, qué se sentía tener tanto dinero. Cuando puedes masturbarte todo el día, la forma en cómo pasa el tiempo cambia, le dije. Cuando hay comida en el refrigerador que tú no pagaste y que, sin embargo, sabe deliciosa, y no tienes que llegar temprano a ningún lado, porque nada depende de ti, cuando tu responsabilidad única es no morir, no matarte a ti mismo, ni a propósito ni por accidente, el tiempo transcurre distinto. Cuando hay marihuana para regalar y cocacola fría y cigarros en sus cajas largas, el mundo se mueve a tu alrededor. No es que tú lo decidas, pero eres el centro suave y amoroso alrededor del cual las cosas giran. Las personas son puntos de colores que avanzan en la distancia y cuando te vas a dormir a esa cama enorme y gratuita, el resto del planeta se ve obligado sin saberlo a trazar elípticas rutas alrededor de tu sueño.

- Está cabrón.

Se va a poner muy cabrón, compañeros, decía el chico de Derecho, con sus lentes redondos, que volvían a estar de moda. Tuve la premonición de que el tiempo fuese un perro dando vueltas antes de acostarse. Eventualmente me di cuenta de que siempre estaba «muy cabrón» y de que, además, se iba a «poner más cabrón». La frase era una muletilla, que te cansabas de escuchar, aunque siempre fuera cierta. De hecho, a pesar de la repetición, era cada vez más cierta.

Recuerdo todas las veces que alguien dijo:

- Se va a poner muy cabrón compañeros, se va a poner muy cabrón.
- Es que el Estado es cada vez más represor, le juega al imperio.
- Esos cabrones.
- Y luego, toda la gente desinformada.
- Es todo por culpa del capitalismo.
- ¿Y qué sabes tú, compañero, del capitalismo, si no has leído la obra de Marx?
- ¿Qué? ¿Acaso hay que leerlo en alemán para comprender las intenciones del neoliberalismo global?
- ¡Eso!
- ¿Y qué vamos a hacer? ¿Regalar tomos del capital en zonas de pobreza?
- Pues, sí.
- No le van a entender.
- Eso…
- No sé, pero hay que hacer algo.
- Es muy fácil para ti decirlo, que eres un burgués.
- Tranquilos, compañeros.
- Tal vez si todos nos unimos; creo que lo primero es arreglar nuestras diferencias.
- ¡No! Hay que salir de las aulas, hay que salir a la calle.
- ¿Y luego?
- No sé, pero la solución no la vamos a encontrar discutiendo.
- El problema es que no discutimos lo suficiente.
- No, el problema son los malditos cerdos.
- ¡Eso!
- ¡Y la policía!
- ¡Y las televisoras!
- Es que está cabrón.
- Sí, y se va a poner más cabrón…

Y Luis, sonriendo con su cara serena, porque ya había escuchado el discurso de sus padres y aprendió a identificar, desde niño, el contenido y las ideas, de la propaganda y el estilo. Sonreía confiado para sus adentros, mientras escuchaba las palabras revolucionario camarada capital neoliberalismo. Parecía un conjuro: alguien decía capital o imperio, alzando la voz y frunciendo el entrecejo y todos los rostros se iluminaban, los ojos y las bocas se abrían con el mismo ritmo, los palurdos más expresivos asentían, efusivos e ingenuos. Como antes, un fantasma se extendía en Europa, América Latina, Medio Oriente e incluso entre algunos norteamericanos, pero, en la mayoría de los casos, ese fantasma era más parecido a un cuchicheo. Un mar negro y caudaloso se movía entre nosotros. Casi cualquier retahíla incendiaba nuestras jóvenes cabezas de pólvora. La ignición era sencilla, pero muy pocos aprendían a controlar el fuego. Dentro de este fluir que nos consumía el oxígeno de los auditorios era cansado cansado cansado, la voz de Luis rugía como una cascada. Y todos nos deteníamos, ¿recuerdas?, y cerrábamos las bocas abiertas, no tanto por el calor o el volumen, sino porque su palabra, como la del verdadero profeta, cargaba sobre sus hombros la grave e inusual sospecha de que a ese discurso le pertenecía un sentido profundo. Ninguno de nosotros estaba acostumbrado a esta exótica idea y por ello lo seguíamos como la voz del relámpago seguía a la noche que seguía al día.

Decía y escuchábamos: la idea de solución está penetrada por una lanza inexistente: que hay un problema. Que hay un problema solo, que seguirá habiendo un problema solo. Tendemos al orgullo frente a lo incalculable: no hay complejidad que se nos resista. Pero los problemas políticos no son un problema a solucionar. Son un tejido de larga cola, tan larga que no vemos cuando comienza a estrecharse. Además, cola mutante. Las largas y seguramente tediosas discusiones que llevamos a cabo ahora mismo no llegarán, no importa cuánto tiempo pase o que tanta animosidad exista entre nosotros y nuestras diferencias, a un acuerdo que solucione el problema político de nuestro país o mundial. Habría que dejar de lado esas ideas. Sin embargo, solución no es sinónimo de mejora. Sólo poner el florero roto sobre la mesa es una mejora, paupérrima, pero lo es.

Decía (y escuchábamos) que no era él, sino su pelo. No era él porque nació, creció y gobernaba. Era su pelo engominado y perfecto. No era él por sus hijos y su falsa esposa y sus perros y sus padres y sus hermanos y su levantarse en la mañana y quedarse dormido y fallar en el golf y no saber cómo decir algo y sentir tristeza y saberse feo y tropezarse y caer ridículamente y molestar y ser molestado y su furia y llorar de felicidad y su insomnio y el sueño dominical y perder y sentir culpa, sino su pelo perfectamente peinado. El gran problema, lo que levanta las voces dormidas y normalmente risueñas, es que a pesar de las muertes y la desigualdad, a pesar del temblor y de que algunos murieron de viejos esperando a que algo mejorara, él no tiene ni un cabello fuera de su lugar. Vivían nuestros padres entre los escombros de ruinas prehispánicas y guerras civiles, acostumbrados a la piedra molida y nosotros crecíamos ahí, jugábamos con los guijarros eran nuestras bolas de nieve y aprendíamos a prever los temblores y construir casas cada vez menos sólidas, mientras su peinado era un casco magnífico y reluciente. Morían los pájaros, sucumbía la tierra, nacían demonios rojos eran como hormigas y su peinado brillaba a la luz del sol, iluminaba la oscuridad de los escombros como un faro sin puerto. Era la dictadura más democrática lo que se anidaba en su pelo. Devastadora y silenciosa, el resto del mundo no le había prestado atención ni lo haría. Por otro lado no podemos observar indefinidamente. Es impúdico, no es ético. Es lo mismo mirar fijamente su cabello perfecto que observar una injusticia. Es de pervertidos.

Todos estábamos enojados. Unos porque los otros eran demasiado violentos. Otros porque los unos eran demasiado pacíficos. Todos teníamos la culpa según los demás. Estábamos muy enojados. Queríamos golpearlo todo, a todos: a las abuelitas, a las señoras con niños malcriados, a los amigos de los amigos, al agua, al futuro. No había superficie suficientemente adecuada para propinar nuestras estrábicas habilidades pugilistas. En esta esquina la nada, en esa otra todo por resolver, en esta esquina lo imposible, en esta otra las ganas de quebrarlo. De partirle la cara. Cuadrilátero en el que todos íbamos cayendo. Justo como en la lucha libre: a pesar de ser ficticia, era una pelea injusta. Cuatro esquinas para un país con demasiados lados. Claro que la figura resultaba irresoluble, pero seguíamos midiendo, con reglas inventadas, el perímetro, milímetro por milímetro.

¿Te conté del cuadro? Seguro que sí. Era una cosa rarísima. De mal gusto, en colores pasteles, ni una pizca de técnica. Podía leerse con cierta claridad en la mano de quien lo pintó una desesperación de hacer algo con su vida, de aprender algo nuevo aunque fuera en pequeñas dosis, podía leerse, para que me entiendas, la desesperación de los sábados por la mañana. Ese cuadro horrible, transparente como el agua de las albercas, era a todas luces un fracasado intento de no fracasar en esta vida.
Eso sí, de una cuadratura perfecta, con sus cuatro esquinas reglamentarias y con un marco grande y negro que afilaba bellamente sus aristas. Te juro que sus lados se alineaban paralelamente sin el menor grado de error a las paredes del cuarto.

En él, una mujer decimonónica se abraza a un joven cuyo cuerpo sale a medias de una tina. Estoy seguro de que ya he visto esa escena en algún lado, pero sin la mujer. Por lo agitado del agua uno se da cuenta de que algo está pasando en esas figuras quietas. El joven acaba de suicidarse y la mujer, un poco vencida, llora. Sus manos tienen proporciones grotescas. Afiladas como saetas. Tal vez fueron esas manos las que cortaron las muñecas de ese hombre, ¿no? Eso pensé al comienzo, pero también el joven tiene las manos largas como cuchillos, perfectas para embarrar mantequilla. Es un error y no un enigma: no hay significados ocultos en esas imágenes, lo que hay es la dificultad de dibujar unas manos y ya. Todo está visto desde un lado, con una perspectiva bastante simplista. Las paredes carecen de textura y sólo por un difuminado mediocre te das cuenta de que están ahí. Un ejercicio de un aficionado, claramente copiado de otra obra. Una ventana que da al jardín corona la composición. El agua tiene el tono rosa de las noches contaminadas. La sangre sobre la blanca tina hace callar al alguna vez escandaloso naranja de los flamboyanes, que están ahí, mirándolo todo desde la ventana.
Cuando te lo describo, es como si yo también lo hubiera pintado.
Pensé en ti cuando lo vi, y en tu mal gusto. Te hubiera encantado, Alba.

Soñé también que caminaba en aquella marcha, rodeado de miles, constreñido. Estabas tú, Alba, aguerrida. Estaba Luis, al frente, era la antorcha que nos guiaba. Estaba también Ekatherina, mostrando sus piernas imantadas, convenciendo a las masas de seguirnos. Todos fluíamos como la vida. Algarabía. Ruido. Colores. El suelo temblaba de gusto. Di un paso y ahora caminaba rodeado de cientos, constreñidos por paredes verdes. Estabas tú, triste como el agua fría. Estaba también Ekatherina, pero con un velo sobre las piernas. La vida fluía interrumpida entre nosotros. Luis ya no estaba; aunque dormía, ya no estaba. El suelo era una gelatina de limón. De pronto caminaba en una procesión fúnebre, rodeado de algunos. Estabas tú, rabiosa. Ekatherina se quedó atrás. Luis ya no estaba; aunque iba al frente, ya no estaba. El suelo era como brea. Luego estaba caminando solo, y de nuevo había mucho ruido. Al lado del camino, unos cuerpos de hueso cantaban y bailaban alrededor del fuego no los mires, no los mires. Yo bajaba la vista, para no mirarlos. Pero me llamaban.

-Ven, Franco, danza con nosotros

decían. Estaba a punto mirar cuando me desperté. Aunque me avergüenza, te lo voy a decir: no estaba asustado, estaba molesto por no haber mirado. Fue la sed: quería saber qué se quemaba en el centro del fuego.

Entonces me acordé de Andrea. Claro que temblaba. Es que Ekatherina, no era la más linda, no, pero yo sentía que el piso temblaba cuando vislumbraba en ella una grieta, en la que de un lado del abismo estaba toda la alegría desparramada de siempre, su carácter positivo y su inusitada -al menos en mi vida- capacidad de asombro que a todos asombraba y que le provocaba hipnóticamente a uno a callarse la boca abierta y querer no dejar de escucharla nunca; y del otro lado del abismo su nariz respingada erguida como un ídolo y el completo desdén con que expulsaba el humo de sus cigarrillos mentolados, las pestañas clasistas que le obligaban a entrecerrar los ojos, y claro, porque cargaban como cargan arena cóncavas las manos, con mucho oro exprimido de unas cañas de azúcar apretadas fuertemente por manos negras, toda esa historia y todo ese dinero y el peso calcáreo de sus apellidos hacían que de pronto la cabeza se le fuera hacia atrás y entrecerrara sus ojos verdes, abrumados por todo lo anterior, y apretara las comisuras de la boca como si el asco la abrazara. Y yo veía la grieta y me parecía que temblaba al pensar que dentro de esa grieta se encontraba la respuesta, la explicación de la unión de esos dos abismos.

Creo que me dices todo eso. No estoy convencida. A veces siento que lo has querido olvidar todo, no sé por qué. O sí, lo sé, lo sé perfectamente, pero no lo entiendo. Es como si ese día todos hubiéramos caído desde muy alto. Algunos se toparon con el suelo antes, otros después. Algunos nos levantamos pronto y seguimos gritando que todo aquello era una injusticia y que podíamos caer una y muchas veces pero volveríamos a estar de pie y con el puño alzado, con la boca llena de rabia y de nombres propios, de nombres que ya no se levantaron, como el de Luis. Otros sólo se levantaron a medias o caminaron de rodillas, como Ekatherina.

No sabes cómo me llena de tristeza ver sus blancas piernas, sus gordas pantorrillas sin miedo, sus dedos guerrilleros, todo recogido en sí mismo, como un niño con miedo, como los caracoles del marzo de nuestras vidas, como el ovillo increíble que hacen los gatos al dormir, desprovisto de su paz felina. Ahora parecería que siempre estuviera así, justo en la postura en que la encontramos, con un pelo que lloraba vergüenza tapando su rostro, apretando desesperadamente la falda florida para que nadie viera las gotitas rojas que manchaban, marchando como un pequeñísimo ejército, sus blancas gordas guerrilleras y vencidas piernas.
Pero tú, parece que no hubieras terminado de caer.

¿Te acuerdas de mí, Efe? Me parece que en tu caída libre incluso a mí me has olvidado. No quiero decir que si recuerdas mi rostro o la forma en que caminaba. ¿Me recuerdas, Efe? No me refiero a algún día en particular o siquiera al amor que te profesaba. Es otra cosa. Algo que no puedo expresar. Algo que nos sobrevuela sin que le pertenezca una sombra. ¿Lo entiendes? Pues eso. Eso está aquí a mi alrededor mientras esta ciudad amanece. Y me obliga a pensar en ti. Y en los finales. Y en las uñas largas. Hay una inocencia casi desconocida en tu cuerpo púber. Una rebelión en tu voz estilizada. Una ternura gorda y recatada como una anciana. Un mucho-tiempo-tanto-tiempo por delante. Una ausencia de futuro con la que pisabas poderoso al presente. Un sudor interno. La energía vibrante de un globo dispuesto a las púas. Hay una compleja e inusitada reunión de ti y de mí. Rueda por el mundo y se desgasta. Así es, no hay nada que hacerle. Hay un hilo fino, como una vocecita que grita. Interrupciones que no son finales. Espacios vacíos: materia que yo no entiendo, forma que tú no comprendes. Y una voz pequeñísima que grita. Nos extrañamos: añoramos la presencia, nos extrañamos de la presencia. El temblor finalmente pasa.
Qué terrible nostalgia. Pero no es dramático. Las tragedias se sucedieron como pisadas. Más bien terrible como el silencio de las almohadas (el mismo color blanco).

El día en que se fue no se lo dije a nadie, aunque llevaba toda la semana con los labios secos de presentimiento. Tengo la voz clara en mi cabeza: está muerto. Sólo una vez lo dijo, pero yo lo escuché tres veces. Desde la madrugada y durante la mañana apretada de cellisca, no me atreví a comentarlo con nadie más pero lo decías al dormir, como si lo llamaras. Además, ¿quién iba reclamarme en ese momento? Te lo voy a decir a ti porque eres mi desierto, Andrea, digo, Alba: la primera vez que lo escuché, sonreí. Como cuando el verano pasado le llamaron a mi jefe y yo adiviné en su voz que algo terrible había pasado y me alegré o me hizo cosquillas el diablo, porque eso significaba que me iría temprano a casa. A pesar de que me muerdo la lengua y viene enseguida la vergüenza y la culpa, baila el infierno en mi boca una danza macabra cuando el suicidio de un desconocido me alegra demasiado cerca de la superficie.

Traía su fantasma colgado. En momentos azarosos se me colgaba de las pestañas. Yo dejaba de sonreír al instante. Después era incómodo e inesperado, pero en el momento era sólo como cerrar los ojos. Invadido por la seriedad, pensaba en lo injusto de su muerte, en la brumosa cara del culpable. En que nada podía hacer. Luego volvía en mí, poco a poco. Y entonces sí me sentía un poco incómodo y un poco culpable por sentirme incómodo; luego lo olvidaba todo y la vida estaba ahí, otra vez. Todo esto pasaba en un instante, pero como si una anciana me cosiera lentamente los ojos. Lenta la aguja entre mis párpados, lenta la aguja.

Crees que me conoces, pero no es así. El ¿y ahora qué? precisaba para mí una respuesta. Esa es la diferencia. Para mí fue siempre la pregunta urgente, responderla era en mi cabeza como ponerse un calcetín para dar el siguiente paso. Para ti, en cambio, era la última pregunta, algo con lo que ya no hay nada que hacer. Te bastaba repetirla una y otra vez, vencido, con tu preciosa cara gris, tus ojos tristes, tus pestañas de niña. Te veías tan guapo. Seguro que eso fue lo que la llevó a invitarte a su departamento horrible: tu tristeza tan linda. Una bolita de mierda, eso es lo que eras cuando te quebrabas, una diminuta preciosa bolita de mierda envuelta en papel de regalo.

No siempre fue así. Al principio tu boca tu preciosa boca tu sensual boca se contraía distinto, tus comisuras caían hacia abajo con todo el peso de tu joven cuerpo en un reproche enorme y silencioso, y cuando tu boca se arrugaba así, como jalada por esclavos griegos encadenados a un templo, parecía que sólo estabas acumulando suficiente fuerza para el siguiente grito furioso, como una bobina eléctrica amenazando con su grito agudo hacer pedazos todo a su alrededor, como el propio Zeus a punto de iluminar cielo y tierra a punta de relámpagos.
Después, mucho tiempo después, cuando tu boca se agrietaba, no volvía abrirse. Y aunque era bella también era tristísima, como las pasas que se mueren de ganas y simplemente no llegan al vino. Alguna vez, alguna vez lo entendiste, Efe. Culpar al país no es suficiente, también las revoluciones fallidas son mías y mira que, a pesar de todo, huelen a menta. Pero no esperaba que me comprendieras para siempre.

Es compleja la interacción social. Ambos llegan y se miran. Y ahí no hay problema alguno, la distancia -incluso el espacio físico- mantiene un aura de serenidad entre uno y otro. Ninguno tiene responsabilidad alguna. Mirarse es un acto (por ahora) simple y blanco. Nutritivo. La mirada y su adjunta sonrisa, son el punto máximo, la cúspide de la fantasía amorosa, la utópica cima del amor que esos canallas nos han vendido. Pero esa misma pretendida altura se manifiesta en la primera interacción de tintes responsables como, tan sólo, la punta del iceberg. La pendiente social, aunque comience a mostrar signos de fricción, es aún deslizable. Las primeras palabras son suaves y temblorosas, como una virgen. Toda la situación es como una virgen: inexperimentada y torpe, sexualmente emocionante y de indiferentes fronteras. Aunque nerviosas, las primeras palabras surgen con una pesada potencia: hay una dureza sutil, pero imposible de ignorar, en las primeras voces. Hay también una curiosidad insatisfecha por aquello que se dice, y un asombro infantil por la nueva voz, que ha resultado más grave o más dinámica.

Pero no mucho más adelante hace su aparición, como un personaje de capa negra, el silencio. Ese primer silencio. La boca de lobo que perturba -y de manera indefinida- la recién ganada utopía. Ese silencio, con voz baja, profetiza el inadecuado futuro. Es el primero de un número incontable de silencios, cada vez más largos, cada vez más pesados y grotescos, animales sobrealimentados que, en su gordura obscena, requieren más y más. La responsabilidad comienza. Una vez que ha sucedido es imperativo romperlo. Hablar por hablar, no dejar que la sombra consuma lo antes poblado de palabras. No dejar que la ausencia sea sólido recordatorio de que algo, inevitable y primigenio, los separa. Pero, como en todo, a la responsabilidad sucede la desesperanza. La tristeza que produce la certeza de lo certero, la profunda impotencia de lo determinado. Y entonces, en irónico y macabro juego simétrico, pasa que pasa el espejo. Y no hay más palabras. Y la mirada, que era un acto simple y blanco, es reflejo del fracaso. Así fue la noche que discutieron largamente.

Yo había encontrado una carta y, aunque no era obvia, era obvia. Me explicaste con cuidado, que se trataba de un malentendido, preparaste té, con mucha calma. Me miraste con una expresión serena y honesta, mientras hilabas una trillada, causal y sin embargo evidentemente falsa historia. Una parte de mí quería creerle a tus manos tranquilas y tus ojos serviles, que parecían compadecerme. La otra, sin embargo, le iba colgando a tus palabras, que flotan en mi cabeza como flota la madera en el mar por un tiempo indefinido, unos anzuelos diminutos. Y a estos, justo en las zapatillas, se les colgaban yo no sé qué cosas de colas grandes. Bien aferrados están esos homúnculos, y uno que los mira, qué le va a hacer, sigue las colas con la vista, como si por agarrarse de las patitas de las palabras también fueran frases que deben ser leídas, y las sigue tanto a las colas, que se van volviendo finas y yo veía, casi al final del hilo, que se enredaban en mis zapatos de niña, en las peleas de mis padres, en la muerte de mi perro, en las primeras y en las últimas veces, en los castillos, en los azules que ya no he vuelto a ver.

Y aunque al día siguiente lo habíamos olvidado todo (pues pensamos que era tal vez una tontería vestida de tempestad), la casa conservaba un olor extraño, como de cañería, suéter viejo o perro ovejero; en todo caso, algo húmedo y caliente. Evidente y sutil a un tiempo, un apestoso oxímoron había tocado con sus manos grasosas todos los rincones de nuestro apenas estrenado hogar común. Y, aunque ambos sonreíamos, sabíamos que la casa olía a la pelea de ayer, a las malas palabras y malos pensamientos tan únicos que surgen, tan perfectamente afilados, entre la gente que se ha querido y apenas comienza a odiarse. Sonreíamos, pero con la nariz arrugada para oler, lo menos posible, nuestro amor en descomposición.

El día en que se fue, doscientas mantarrayas encallaron en la costa del norte. Doscientas. Yo no sé si alguien las contó y después me pareció absurdo, pero salió en las noticias y en los periódicos, los animales con sus caras de espanto y sorpresa, como si realmente no hubieran previsto acercarse a la costa y estar, inusitadamente, en una caja de aire y sin poder mirar el mar, porque los pobres bichos no tienen cuello y sólo pueden ver hacia adelante, hacia el futuro: bichos tristes sin memoria y sin posibilidad de arrepentirse. Porque yo he hecho cosas malas, también, efe, pero nunca he matado a nadie ni lo he dejado morir, a nadie, ni he intentado que el aire consuma, oxide, se coma químicamente a persona alguna. Sí he mentido, pero sólo lo necesario, como cuando le dije a mi padre que todo estaba bien y apreté fuerte una botellita de veneno de alacrán que, como mi tesis, no servía para puta cosa. O a mi sobrino, el hijo del Federal, cuando me preguntó si él también se iba a morir y le dije que no con lágrimas en los ojos, porque las muertes me siguen doliendo, aunque pasen muchas, me siguen doliendo aquí, entre las costillas. -No, nunca le dije. Y me preguntó que por qué lloraba entonces.

Y ya no dije nada, sólo lo abracé. Tenía un suéter bordado a mano, una reliquia. No sé si tiene caso decirte que abrazarlo se sentía como enterrar los pies en la arena. Y bueno, el suéter era como escuchar la acolchada voz del tiempo, pienso yo, haciéndome señas en la distancia, intentando explicarme táctil que las macroeconomías y la producción y el trabajo y todo eso no había cambiado tanto, aunque sí, porque los suéteres ahora están hechos de fibras sintéticas y polisílabicas; pero yo alcanzaba a escuchar un grito afinado que me intentaba explicar desde lejos y como podía, que era lo del exterior lo que había cambiado, sí, pero que el niño no, o las vísceras del niño no y que todo aquello del Capital era casi igual por dentro, que podía vestirse con cajas de cartón o trajes de lino, pero se trataba del mismo niño regordete o de sus vísceras. Era un mensaje confuso el de los abrazos.

-Doscientas...

dije en voz alta, cuando regresé a casa. Y mi mamá me preguntó qué frente al televisor, sin voltear a verme (ya antes me había preguntado cómo y si estaba bien y si ya saben cómo pasó y que qué desgracia, quieres algo de cenar, no, sí, no importa que no tengas hambre, te voy a calentar algo que seguro no comiste nada en todo el día). Me quedé ahí pasmada, porque era de no creerse, doscientas. Y en el televisor las imágenes de los pobres bichos. Con sus caras que a mí me parecía que se veían igual vivas o muertas. Todo lo contrario que Luis. Su cara reconstruida se veía totalmente muerta y ni la mantarraya más idiota hubiera confundido ese horrendo rompecabezas con el rostro noble y alegre que portó orgulloso en vida.

-Doscientas...

Dijiste. Y te quedaste callada, mirando algo sin verlo: tus ojos imantados por lo intrascendente. A ti te intrigaban sus caras y a mí el número, que era tan redondo. Algo tenía que significar, porque los números no aparecen en el mundo así como así. Yo entendí claramente, allá, en Pohořelec, a Kepler, que me decía eso: mira, muchacho, escucha, mira, eso, justamente, porque cuando digo mira me refiero a que lo observes atentamente -con su cara seria, el ceño fruncido, ojos de bronce- mira al cielo, escucha, exacto, porque cuando digo escucha me refiero a que te concentres en tus oídos -su mano acusadora, su barbilla altiva, su bigote perfectamente encerado- ¿las ves, muchacho?, ¿las ves, a las estrellas? Sí. Sí. Maravilloso, y ¿las escuchas, muchacho?, ¿las escuchas? ¿Oyes cómo su luz no es otra cosa que la música perfecta? Porque, pequeño amigo, inocente aprendiz, yo, mi carne muerta y la piedra bruñida que soy y serás y será él, el de la cabeza de luz, y ella, la de los pies blancos, danzamos al ritmo de sus esféricos pasos invisibles, se mueven las coyunturas a la par de su canto de luciérnaga.

Cada vez que te platicaba la historia de Kepler te reías, Elia, digo, Ana, quiero decir, Alba. Yo intentaba estar tan serio como podía y con el dedo índice de la mano izquierda gesticulaba pesadamente, mientras que con el de la derecha fingía un bigote espeso, ayudándome con la boca arrugada. También Ekatherina también yo, todas casi todas. Eventualmente me di cuenta de que la combinación de la historia, originalmente improvisada, el índice cada vez más acusador, la voz seria y un ligero movimiento de reloj en la pelvis acompañando el pequeño fraude, del tamaño de un rábano (aunque las repeticiones se acumulaban en mi pecho), funcionaban a la perfección: claro que había que perfeccionar siempre el carácter histriónico a la hora de aparentar que toda esta historia es original, que las palabras se han formado justo ahora por una afortunada combinación seguramente irrepetible e inalcanzable para el tardío escrutinio analítico, cuando más bien se trataba del ensayo constante, de la incertidumbre de los errores pero también de la certeza de poder corregirlos, intentar en lo posible que la horizontal que tacha las palabras fuese un secreto y la genialidad de la creación una mística como nunca debió dejar de serlo.

Pero, ¿de qué hablaba yo? De la historia de Kepler que eventualmente me obligaba a cruzar la frontera de la más variopinta ropa interior y del mar, también hablaba del mar, ¿no?, porque siempre estamos hablando del mar, ¿no? Me da pena decírtelo, claro, ay, me da tanta vergüenza, Helena, digo, Alba. Quererte tanto y desear besar otras frentes. A pesar de sus longitudes cadavéricas, de sus ganchudas, sus pálidas. Con todo y sus siluetas simplonas y sus demasiado grandes, demasiado negros, demasiado peludos. Pero igual el contoneo me turba, aunque el espacio que quiere ocupar esté vacío. Para qué te intento explicar, si el cuerpo es cuerpo, el cuerpo es cuerpo, el cuerpo es cuerpo. El agua es agua que cae, Alba. Y la humedad del mar y de las personas es salada en partes iguales. Mi culpa se mide en onzas como el espacio vacío perfecto, cuya medida es exacta para el beduino, que pobre, tiene demasiada arena y apenas un ombligo de mar.

En cambio, la tumba de Luis, era un hoyo terrible. Demasiado grande para su cuerpo quebrado. Pensé en las princesas mayas, que también se caían por un agujero del mundo para que los niños de cabezas deformes no murieran de fiebre amarilla, en el corazón del guerrero secándose al viento para que el maíz multicolor siguiera creciendo, tan alto y tan sabroso que se enredaba en la punta de los mitos de los hombres que hablaban del cerca y del lejos.

A mí me asusta poder ver mi corazón. Aunque no esté exactamente ahí, lo miro en mis brazos, cuando los músculos saltan y en mis piernas, cuando puedo sentir la sangre bombear. Bumpum bumpum bumpum. También lo observo en mi propia vista o antes de ella, lo observo desesperadamente tranquila cuando por un error fisiológico o por un traspié ergonómico, miro a los bichitos que están dentro de mis ojos (eso yo no lo entiendo), que saltan y bailan y bombean bumpum bumpum. ¿Escuchas el ritmo, efe? Y especialmente lo veía en sus venas, podía sentir como lo líquido se me trepaba arbóreo por la piel, podía incluso sentir cómo se distribuía, cómo se impregnaba cardial e inmisericorde en mis cachetes o en mi frente antes seca; como si yo misma inyectara una substancia, podía sentir las divisiones, los brazos benignos, y ramificados del agua, invadiendo y apoderándose de su cuerpo, los ríos, la sangre permeando las piernas translucidas de Ekatherina bumpum: es que era demasiado blanco y demasiada transparencia. Luis me dijo, en un inusitado momento de honestidad o ebriedad programada, que la piel delgada de Ekatherina bumpum también le producía asco: le recordaba un insecto blanco que desde niño se le prendió a la memoria. Translúcido, mostraba en su coraza la misma superficie por la que caminaba, parecía que nada le pertenecía por dentro, que era sólo el guante, el recipiente bumpum de quién sabe que fuerza etérea, decía. Asqueroso y confuso, tan sólo llevaba pintada en su espalda o dentro de su cuerpo una estructura filiforme e intermitente, un símbolo o una letra. Todo el complejo destino simplificado y evidente, casi minimalista: toda la historia en la espalda, de golpe y obvia. Como otra vez el rostro de Luis, que, aunque nada transparente, dividido injustamente en dos, miraba como una esfinge muerta a la vez al pasado y al futuro; descansaban sus ojos secos, separados como los de los pescados, en una línea paralela al tiempo, nada transparente su destino detenido en el instante eterno de su rostro bicéfalo.

¿Podré olvidarlo? Primero habría que olvidar su nombre. ¿Y cómo? Si resonaba solo. En la ciudad, en la calle, cada vez que la turba enardecida pasaba furiosa, su nombre o alguna sílaba de su nombre hacían eco. Si cuando el viento frío o la lluvia de a mordidas se venía cerca, pasaba por el oído, una letra tras otra, la fonética de su identidad, ruido blanco elefante que nos seguía grande y silencioso mientras caminábamos entre tumbas claras. Entonces, ¿cómo olvidar su nombre y, luego, cómo olvidar su rostro partido en dos de pedazos?
El día siguiente fue una casa vacía todo era blanco. El piso húmedo por la lluvia profusa de la noche, las calles vacías de pies y caucho, el sonido repetido y lejano de los pájaros amaestrados por el concreto, criaturas detestables, clochards exponenciados, traidores de la naturaleza. ¿Qué gritaban como unos locos si la ciudad ya les había carcomido toda esperanza de cielo? ¿Se detuvo la vida? ¿Una ráfaga relampagueante trazó una línea inclinada, algo cortó la cotidianidad?, ¿la espada de Damocles cayó furiosa y gravitacional sobre la noche aquel día?, ¿me escuchas?

Alba, a veces siento estar despertando. Como si algo hubiera dormido demasiado tiempo en mí o como si yo hubiera dormido demasiado tiempo en algo. Tenía una palabra en la cabeza. Cocoon. Co-coon. Co-cún. La palabra guarda cierta belleza. Ella sola. La guarda como un capullo. Eso soy en estos días, un capullo. Pero “capullo” se oye tan mal. Cocoon, en cambio, resuena con su propio eco, y en seguida te transporta ahí. A ella. A mí. Al desierto de la televisión y la falta de pensamientos propios. Me escondo, me guardo en un capullo. Hay animales así. Que no salen y que se mueren, se pudren en su propio sudor, sin jamás volver al mundo. Te lo digo, hay animales así, lo vi en un programa, no recuerdo cómo se llaman, pero los hay, yo los vi. Puedo jurarlo. No es ni siquiera una decisión. Simplemente pasa cuando pasas demasiado tiempo en tus propias paredes. No encerrado, simplemente ahí, dentro. Nada más cómodo que tu propia piel, carcasa muerta y, sin embargo, íntima.
Me levanté y fui por agua para regresar a la cama. Desde que las sirenas que no fueron las de los marinos ni las de las ambulancias, sino las de los gorilas que tomaron a Ekatherina por la fuerza y en la oscuridad la tomaron y la tomaron y la tomaron, desde esas sirenas, me levanto y busco el agua. Luego, vuelvo a la cama en donde paso largo tiempo sin dormir ni estar despierto, Adriana, digo, Ana, Ekatherina, digo Alba.

¿De dónde vendrá tanto viento?, quiero decir, ¿dónde nace?, ¿cómo es que existe algo tan inexistente y que además es capaz de mover las olas? Ya lo veo pasar, y me lo creo, pero, ¿de dónde viene? Te lo pregunto porque confió en ti, no soy un idiota.
Debimos escuchar a nuestros padres. Debimos escuchar la voz de los viejos que ya habían ido por ese camino y habían regresado vencidos, asustados de sus propias arrugas y de que la tierra se levantara cada vez menos con sus pasos. Yo no podía escuchar esas voces cotidianas, pero Luis debió saberlo mejor cuando su padre, cada vez que salíamos de la casa, nos decía niños, niños, niños, con su pecho entrecortado, con toda su madera desvencijada, niños, me los van a matar, no señor, le contestábamos, no señor, está vez es diferente, esta vez somos más y estamos en todos lados, hemos aprendido de sus errores y está vez tiene que ser diferente. No habíamos aprendido nada.
Pensar en todo ello me da sed. Últimamente todo me da sed. Me da sed, me da sed, me da sed. Pues bien, fue cuando regresé al cuarto que lo vi, estaba sobre mi cama.

El calamar estaba sobre su cama. No descansaba, era mucho más como si lo estuviera esperando. Casi del tamaño del colchón, se desparramaba a lo largo. Parecía inmóvil pero se movía aristotélico. Como se mueven los flamboyanes cuando hay una nada de viento: sólo sus finísimas puntas se retorcían de forma grotesca, como cuando el agua se agita. Existe algo terrible en la autonomía de sus manos, en la auténtica libertad de los tentáculos.
Y no era tanto el desastre gelatinoso o el desesperante contraste de su fluorescencia naranja, luchando como luchan los libros en las bibliotecas públicas contra la blancura de las sábanas, no era tanto el colchón arruinado o la completa ausencia de una explicación, lo que realmente le molestaba era su mirada. Fija e idiota, de exasperante estrabismo. Reclamante: un imbécil esperando una respuesta, cualquier respuesta, antes de estallar en torpes y nasales carcajadas. Lo que realmente le incomodaba era eso: que ese calamar estrábico estaba esperando algo de él.

En el funeral las filas ordenadas, las cabezas mirando hacia abajo. Alba y Ekatherina, en primera fila, se abrazaron. Franco detrás, casi al final del salón largo, encallado en la penúltima línea. Su cara sombría, casi malévola, no dejaba de mirar la caja. Ay, el cuerpo. Tan callado. Tan familiar. Con su cabeza de espejo. Reflejaba instantáneo la calma de las mañanas, el vapor de la ducha en la figura del baño. Un sobresalto. ¿Me asusta?, ¿me asusta a mí, que lo veo todo? ¿Pero qué es? Todo ha sido olvidado. En el rectángulo de ese cuerpo pálido descansa una capa blanca: la misma del calor al levantarse, la misma confusa sábana tibia y el grueso aliento. Detenido, parece a punto de despertarse. Lavarse los dientes apelmazados, mirarse al espejo. Ahí, justo ahí me asusta y se detiene. Ahí es aterrador y ambiguo, figura obesa enmascarada por la muerte. ¿La muerte? El sueño. Su cara tan familiar y tan extraña al mismo tiempo, como si hubiera estado siempre ahí, pero sólo a veces vista. ¿Qué extraño? Ay, todos lloran. Alba, Ekatherina y Franco, lloran como habían reído frente a mí.

¿Y qué querías que hiciera? No es una cuestión de esperar. No estaba desesperada o algo así. Que siguiéramos siendo era más un problema de la incertidumbre que mío. Y cuando Luis se murió, lloré casi tanto como Ekatherina. Tenía un dolor real y trepó sobre mí con sus manos de hoja y me llenó la cabeza de espinas. Todavía, cuando me levanto y la sacudo furiosa, caen ramitas secas. Dices todo eso, pero al calamar sólo se le puede ver un ojo a la vez, lo he visto en la televisión. No te puede mirar fijo, no como lo dices. Yo también soñé con un pulpo, si te hace sentir mejor. ¿Quieres escucharlo? Comienza así: hay agua y hay un pulpo (que sale por la boca) y hay un rostro (que sale de la oscuridad como entre unas cortinas de dientes).
También hay la insoportable imagen del pulpo abrazando cariñosamente a un bebé, o estrangulándolo, ¿cómo saberlo?, ¿cómo juzgarlo, a esa cara inexpresiva, de asesino o de matrona? ¿Qué pasa si es demasiado temprano para llevarlo a juicio?, ¿no te morirías tú también de vergüenza al acusar a un inocente pólipo de homicida, cuando sólo quería salvar la vida de una pequeña indefensa carne?, ¿no merecerías ser tú, después de tan cruel y receloso señalamiento, el que fuera juzgado ferozmente?, ¿cargarías sobre tus hombros el pecado azabache de criminalizar el más maternal y múltiple de los abrazos?

¿Qué pasa si es demasiado tarde? Si, por el contrario, los brazos se enredaron a ese bebé como serpientes deseantes de su sangre, de detener su pecho, ¿qué si los brazos partieron en dos sus costillitas como las mordidas destruyen las paletas de caramelo, con la misma lasciva dedicación, con el mismo final dulce, con el mismo sonido que hacen los colores del pirulí? ¿Qué si ese niño se quebró como los hielos se quiebran al entrar al agua y tú no hiciste nada?, ¿no te convierte eso en una mala persona?
Porque si algo tienen los pulpos es el mayor de los contrastes: por arriba es un animal líquido, sin fisuras, una textura lubricada y dos ojos que te miran al mismo tiempo. Pero por abajo es un animal grotesco, es más una víscera al aire que un cuerpo. Circunvoluciones sanguinolentas y espasmódicas, la carne rosa de las heridas recientes y mortales o de las impúdicas navegaciones niño: el vientre de los pulpos es siempre un espectáculo libidinoso. Por no mencionar la autonomía de las ventosas que, seguras, cada una con su pequeño sádico cerebro, se aferran a todo lo que tocan con su beso desesperado.
El pulpo, lo que es el pulpo, es un hipócrita.

Pero el tiempo no se detiene siempre. Al final, escúchame, resulta que el tiempo sigue, lo quieras o no. ¿Lo entiendes? ¿Me estás escuchando? Cuando todo esto termine y yo te pregunte por tercera y última vez si piensas volver, mira, efe, me respondas o no, te voy a dar un beso y te voy a decir adiós. Luego caminaré despacio por las calles frías, sin rumbo pero siempre en una línea paralela al mar, quitándome de los hombros las plumas negras con la misma calma con que los abuelos remueven las moronas de las mesas. Caminaré hasta que no quede una sola, tenlo claro, y entonces sí, lo que quede de ti, lo que de ti sobre, lo guardaré en una cajita blanca que pondré luego en el bolsillo de mi saco, el que queda cerca de mi pecho y, aunque no lo creas, seguiré andando.

Diez mil palabras antes de besarlo ella le dijo que el que los autos sean sostenidos por el aire que está dentro de sus llantas, que todos se muevan gracias a ello, que la vida escandalosamente motora de la ciudad se sostenga en aire, es como un chiste. Que enseguida se piensa, todos los automóviles se convierten en carritos de payasos. Y luego lo miró fijamente, no como el calamar, pero aun así él sintió que tenía que decir algo y ese pensamiento se hizo grande como el miedo y luego cicatrizó con la forma de un silencio culpable.

Mil palabras antes de besarla, ahora sí, sin la más casera de las culpas él le dijo que la historia del mundo era la historia de lo que él sentía por ella y que valía decir que no era amor. Vale decir que no es amor, le dijo, con una sonrisa franca que delataba, para un ojo experimentado, que ni esas palabras ni la confianza eran suyas, sino que venían de otra boca y que se habían replicado en su garganta en forma imperfecta con la finalidad única de acercar ese beso a novecientas y tantas palabras de distancia. Ella lo miró miedosa y honestamente sorprendida, gratamente satisfecha también, si lo grato y lo satisfecho se cruzan de brazos ante la rosa imagen de unos labios que se curvan apenas, que se dibujan tenues sobre el blanco cachete, que se recogen en sí mismos otra vez como los caracoles de marzo y se doblan como se doblan las colas de los cochinos o las puntas infinitas y fractales de los tentáculos.

Cien palabras antes de besarlo ella le dijo que Luis. Que estaba Luis. Que iba a llegar Luis. Que amaba a Luis. Que Luis, pero que también quería besarlo. También pensó sin decirlo que se moría de ganas de manchar el inmaculado departamento blanco, que quería una venganza mínima. A pesar de su irracionalidad consciente y de saber que de nada podía culparlo, a Luis, que era querido por todos, que literalmente nunca rompió un plato. Y sin embargo. Su perfección era un peso demasiado grande para ella, un costal que levantaba la tierra al ser arrastrado, le manchaba sus zapatos y sus piernas de leche. Lo blanco se ensucia con facilidad. Quería manchar a Luis, a su pasado perfecto con Alba, y la única forma que se le ocurrió fue meterse en la cama con Franco y llenar las sábanas de fluidos imperdibles. A pesar de las consignas y los deseos sinceros de redención humanitaria, de las marchas codo a codo y de un irreverente imperativo de justicia que los unía a todos, a pesar de todo ello, que además era cierto, ella quería que algo se quebrara. Que ese vidrio se resquebrajara un poco, que se dibujara en su superficie una delgada fractura, bella única impredecible.

Diez palabras antes de besarla él le dijo que los cuadrados amorosos son más amorosos por sus ángulos rectos. Eso le dijo.

Después de que Ekatherina dejó de hablarme, comencé a despertarme todas las noches como un reloj. A las 3. ¿Por qué estaba tan triste? A veces podía recordar alguna pesadilla ambigua, pero a veces simplemente no tenía explicación. Sé que suena tonto, pero yo sentía que me despertaba la tristeza: o me destapaba o me apretaba la nariz con sus manos largas. O me empujaba y yo abría los ojos violentamente. Sin sueño, ya no quería leer, ni caminar, ni resolverlo. Quería llorar, pero era absurdo, porque me parecía que realmente no tenía razones. Pensaba en su ropa de colores, en su calcetín roto. En la paz roedora que inspiraba. Tenía sed. No era mi culpa, nada de ello era mi culpa, pero tenía mucha sed y pensaba que en el agua se transportaba el perdón, como un barco de madera.

Quería tocar sus pies con la misma ternura y paciencia con que la madera absorbe el agua, con que la madera absorbe el agua, con que la madera absorbe el agua. Quería apresarlos fuertemente como si algo de vida fuese a salirse de entre los pequeños espacios vacíos que quedaban entre su piel y mis manos. Quería tomarlos como tomaba la arena húmeda: darles forma, presionarlos gentil y fuertemente, como a las piernitas de los bebés dormidos bajo el sol. Esto fue antes de que la siguiera por el pequeño negro espacio circular que se convirtió en un cubo blanco, creo, porque la certeza de la geometría no es la del orden y a mí me nubla la vista la sal de mar metida en mis ojos. La verdad es que la extrañaba mucho más que a ti, Alba, a pesar de todo. Tal vez porque era ella blanca en su pasado y en la vida compartida, tal vez sólo porque era distinto. Nos dijimos que esto nunca nos había pasado y que era especial y único. Me pregunto si los dos mentíamos. Creo que sí, que ambos además sabíamos con claridad que el otro mentía y eso, de alguna manera, lo volvía todo fácil y hasta honesto. Una honestidad basada en la mentira mutua y en el acuerdo no dicho. No es nada extraordinario, la historia del mundo pulula con este tipo de contratos: naciones e imperios de otras épocas, lazos efímeros entre lo justo y lo terrible, tiranos y enemigos acérrimos estrechando las manos, todos eran hilos que venían de muchas direcciones y terminaban haciéndose bolita, entretejiéndose en la colcha rebosante de fluidos marinos sobre la que me enredé con Ekatherina.

No me malentiendas, la quería, pero me impactaba que lo hiciéramos innecesariamente, que nos mintiéramos entre dos personas que dicen quererse. Quiero decir que, aunque sea una pequeña partícula de ese timo, tiene que ser verdad.
No era tonto.
No era tonto.
No era tonto.

Te voy a decir qué pasó, aunque no lo entiendas. Un día, como muchos otros, pero como ninguno, llevamos sillas al muelle. Como casi siempre, porque la vida era sencilla y repetida, platicamos y bebimos, sobre la madera mojada. Como muchos días, el cielo era gris y el muelle estaba vacío. Como casi todos los días, se acercó la noche. Ekatherina era hasta ese momento cualquier persona, como antes. Pero pasó algo que lo cambió todo: una pata de su silla cayó por un hoyito casi invisible, un ojo de la madera que de pronto se transformó en boca, y la horizontal perfecta que eran nuestras cabezas, el muelle y la superficie del mar, se rompió abrupta y lentamente. Nadie lo había visto llegar, al pequeño agujero escondido, era más chico que un penny y, sin embargo, por ahí cayó la pata de su silla y luego su silla y luego ella, como olas lentas. Se fue de golpe y dejamos de verla. Cayó, Alba, cayó Ekatherina por una espiral oscura, un pellizco de remolino, un desesperante hoyo negro y yo tuve que levantarme de mi silla y seguirla. Tuve que seguirla, ¿entiendes? Porque había caído así, de esa manera, y no tenía nada que ver con si te quería a ti o no, sino con la forma en como fue absorbida. Así que la seguí, no tuve otra opción que seguirla a través de esa pequeñísima oquedad absorbente. Así llegué eventualmente a su departamento blanco y tardé un rato en asimilar de nuevo el espacio, claro, porque el contraste era insoportable, tanto que me quemaba los ojos; me recargué ciegamente en las paredes, sentí, antes de verlo, el marco con mis manos, y para cuando mis ojos miraron de nuevo, ya estaban mis brazos alrededor de ella y ya la besaba cerrando los ojos.

A partir de ahí, yo la quise con tristeza. Aun cuando ya no estaba, yo la seguía queriendo y también seguía triste. Ella ya no estaba, pero el mundo era muy parecido, porque estaba el amor y estaba la tristeza. A veces dejo que entre. Como un líquido negro se eleva desde abajo, se adhiere a mi pecho en forma de fractales. Dejo que suba. Es picante. Pienso en ti y en ella, en la cama, cogiendo o haciendo el amor, aunque me da lo mismo. Mis brazos se sienten calientes, como si mis manos hubieran apretado una piedra fuertemente. Sus blancas piernas alrededor de tu cintura de niña, tu miembro bien dentro de ella. Se deja venir un golpe seco en mi estómago de la misma forma en la que un roedor muestra su lengua. Lo dejo que suba, lento e inminente como la marea. Todo mi cuerpo se siente como si hubiera estado bajo el sol. Pienso en tus dos manos descansando suaves sobre su rostro mientras tu voz honda le dice eres hermosa y te quiero. Se tensan mis dientes, mi garganta se cierra. Dejo que pase. Todo mi cuerpo está hinchado de odio. Lloro furiosa. Sostengo un hijo de puta como una nota larga y aguda. Me permito odiarte plenamente: mi cuerpo te odia también. Me quedo perfectamente quieta mientras mi sangre hierve negra, densa, violenta. Esto dura un tiempo impreciso, luego se va desvaneciendo de la misma manera en que una tela es levantada por el viento.
Finalmente pasa. Aturdida, pero en paz, me levanto de la silla y me detengo en tu rostro inexpresivo.

Te miro seco y la tristeza avanza y retrocede, como la piel de las babosas. Así es. Salgo de la habitación con la excusa un poco verdadera de necesitar un vaso de agua. Todo esto ya ha pasado, me digo a mí misma, ya he estado aquí, me digo a mí misma en voz alta.

Es como si algo se descongelara dentro de mí. Algo que era sólido de pronto comenzó a gotear: se hizo visible de forma fluida como el deshielo polaco del que hablan las abuelas, pero también como cuando hacía mucho frío y en seguida mucho calor: y la nariz comienza a gotear me salía por la nariz, pero yo sabía que venía de más adentro: de mi cerebro, de mi cabeza, de mis pensamientos, de mis recuerdos; de un lugar arriba, muy arriba, como cuando caen las gotas del cielo esto llueve, esto llueve y todo sale como el agua y mi cabeza se queda vacía como un cielo sin nubes y sin azul. Un cielo con el verdadero color del cielo. Estás demasiado lejos. Estás a miles de años luz. Tus pensamientos son cada vez más como un día caluroso. Chicles bajo las bancas. Manchas secas de lo que dejó el nivel del agua. Marca de que tus palabras llegan de tan lejos que dudo de si es tiempo o espacio lo que de ti me separa, tienes que entender que hablas con un pescado: que lo que oigo ya lo he olvidado, pero créeme, Ana, perdón, María, digo, Alba, cuando te digo que soñé que caía desde la más larga de las alturas. Tal vez lo que me aterra de ello sea no el estruendoso golpe que castiga por igual a cada uno de mis huesos, o la verdad irreconocible de dejar un cadáver desfigurado, o las pequeñas fisuras fractales hasta el tuétano. Ni siquiera el sonido, ese último preludio de toda eternidad, el sonido de mi cuerpo quebrándose, haciendo eco zigzagueante e infinito en lo que quede de mi cabeza. Es el largo camino: la posibilidad de pensarlo todo -porque el pensamiento es más veloz que la gravedad, las ideas caen todavía más rápido que las manzanas. Lo que dejo, lo que no fui, el miedo que arrastro del tiempo mal aprovechado. Pensar en el mal que hice, mirar las miríadas de miradas tristes, decepcionadas de mí. Ver todos los ojos silenciosos que esperaban más. Caer despacio es vivir en vida el silencio recriminatorio de los funerales. La cara triste de mi madre, que se hizo vieja por mí, a la que le pasaron los años veloces como el segundo esperando que me convirtiera en alguien. Me aterran las alturas porque en ellas, en fórmula fraccionaria, está el tiempo. Entre el cielo y el piso, invisible, largo y jabonoso está el tiempo.

Te digo esto porque confió en ti.

Creo que al final todo se comprime sobre sí mismo hasta desaparecer. Las palabras también suceden. Y los cambios en ellas son imperceptibles. Sólo cuando todas pasan te das cuenta de que eran distintas. Manchar y marchar se parecen demasiado. Casualidad y causalidad se parecen demasiado. Cuarto y cuadro. Contigo y contagio, también. No me parece una coincidencia, todo esto tiene sentido.
Hay un escualo en mi jardín, Alba. En la alberca de mis papás. Vino por mí, dice que se llama Luis y que quiere mi sangre, quiere mi sangre, quiere mi sangre. Saca su nariz puntiaguda y me llama por mi nombre. No le pongas demasiada atención. Has mejor como si no lo hubieras visto, tal vez se vaya.

El tiburón nadaba efectivamente en la alberca. Lo primero que uno se cuestionaba era cómo un animal de ese tamaño podía moverse libremente en un espacio tan reducido. Claro que los tiburones no tienen huesos, son como una verga que no puede pararse. Y es conocido que las vergas en descanso -las pobres, las inútiles, las vencidas- se retuercen hasta en la ropa interior más comprimida, más determinada hacia la tortura sexual. Hay cierta placidez violenta en los peces que dan vueltas en las peceras, con los tiburones no es distinto. Como cuando los insectos vuelan insistentes trazando un cuadrilátero, circularmente nadan los tiburones en las albercas. No hay nada errático en su movimiento, todo está perfectamente planeado. Aspiran a lo redondo y se repiten en él al infinito: no es a la perfección del círculo a lo que quieren llegar con sus vertebras paralelas y sus aletas triangulares, ni a dejar una aritmética marca sobre el mundo, ni a mostrar que también la naturaleza, por medio de sus fenómenos acuadinámicos, da cuenta y alcanza lo sobrenatural de las formas elípticas, es más bien que nada de eso les preocupa porque saben, los silenciosos, que la perfección ya está ahí, en la tranquilidad de su mojado baile: uno dos, uno dos, cruzaba la cola como pies, aletas en la cintura, con los ojos cerrados, concentrado hasta donde pueden los selacios, uno dos, uno dos.

Sabía que llegaría el silencio.
No sé por qué, como se nubla el cielo, así yo me preparaba para un silencio largo.
De adentro hacia afuera, porque podía oírlo todo y más que antes.
Pero mi voz se había caído de un árbol.
Se había gastado, se había dormido profundamente.
Llego el silencio largo, como llegan las tormentas.
Escuché avergonzada el crujido de las hojas frente a la casa de Alba.
La desfachatez del verano en mis pies.
Esperar a Alba en la puerta y moverme, en parte por nerviosismo, pero en parte por el sonido de las hojas quebrándose bajo mis pies.
Luego recuerdo haber mirado hacia abajo, no sé por qué, y ver los caracoles hechos pedazos.
No eran hojas.
Recuerdo mirarlos largamente, tal vez estaban todavía vivos pero agonizantes, con sus casas derruidas rítmicamente por mis pasos.
Una vergüenza profética contrastante se apoderó de mí, un largo camino entre el blanco verano con su crujido de hojas muertas y las casas quebradas de los caracoles, entre el juego y el homicidio.
Y cuando Alba abrió la puerta, aunque nadie estaba ahí, creo que vio mi cara de dos mil años de culpa, o el rostro de la anciana que no llegaré a ser, mirando hacia abajo, completamente humillada.

No, efe, no era la tristeza la que se te trepaba sobre los hombros, ni el trillado miedo a estar solo, no: era el vacío que te quedaba, un pálido cubito de nada y sin embargo infinito, cuando no estabas queriendo a alguien. Sencillamente no podías soportarlo. Era tan urgente esa necesidad que terminabas dañando, como a mí, a las personas que querías. No, Franco, te lo digo porque te quiero: tú lo que tienes es el deseo silencioso de arder que guardan todas las troyas. Quieres precipitarte como el agua al vacío, llover sobre la tierra mojada: innecesariamente. Quieres llamar la atención con tu numerito catatónico para que todos vean que te arrepientes, decir que lo sientes implica para ti volverte la gota única que cae sobre la arena desierta. Pero eres las lágrimas del mar.
Y aunque yo no tengo la culpa de nada, me voy a llevar tu maldita imagen a la tumba, recostado desnudo -perfectamente quieto- en esa tina de agua rosa. Vencido a medias, triunfante a medias, lo tuyo es la continuidad del vacío, la inercia por la inercia misma.
Te odio por eso, pero te lo digo porque te quiero.

No me malentiendas, me hace sonreír tu ignorancia verde. Pero es que si el agua se agita, una de dos, o ya se movió todo el traste o algo grande nada bajo la superficie. O tal vez no es tan grande, quiero decir que tal vez no sea un tiburón o una ballena, pero entonces, sea lo que sea, está peligrosamente cerca del límite. A diferencia del desierto que no puede, el muy pobre, detenerse en un punto, marcar sus propios límites, el agua se rompe como la piel. ¿Has visto alguna vez emerger algo del agua? Sólo porque es rápido te parece que nada se ha partido en dos, pero si lo miras fijamente, si te concentras y tomas esos dos momentos entre tus manos te das cuenta de que no se trata de un instante. Yo, que he pasado tanto tiempo en esta silla, lo he visto: cuando las olas rompen las rocas, afuera de este oxidado hospital, son llagas abiertas. Y otra cosa: sólo hay olas si hay agua y si hay viento.
Te hablo ahora, desde este rojo de las noches a punto de despertarse, y exijo una respuesta. Alguna vez me dijiste que es en el amor donde se advierte la posibilidad de que el otro no exista. Contéstame entonces con tu boca muda, con tus manos quietas, ¿qué hago yo ahora? Cuando la gente se muere como se murió Luis, así, mancillada, ¿qué pasa entonces? Contéstame, carajo.

Muevo mis tentáculos. Quiero abrazarte. Quiero besarte tanto. El agua o la cellisca me impide verte claramente, o sea tal vez que no tengo ojos, o sea tal vez que no quiero verte. Mi piel es limpia y suave. Me siento bien. Mi piel es suave y fresca. Me siento de maravilla. Mi piel es fresca y líquida como las cascadas. Me dejo llevar con el aguaire que va y viene. Todo sonido es una caja acolchada, en el fondo. No tengo la memoria de los paquidermos, no recuerdo si la tuve y sé que no la deseo. La consciencia es un disco en el loop de su propia estática. Nada te falta, cuando el azul te corrompe. Sólo quiero que esta bruma me lleve a ti: no muevo mis tentáculos: mi falta de movimiento es extática y completa: redonda como una manzana, yerma como las cabezas calvas de los ancianos. Eventualmente, así tiene que ser, un azar marítimo me llevará a ti. Y te mataré con un roce. Quiero abrazarte. Quiero besarte tanto, Liliana, digo, Cristina, digo, Helena, digo, María, digo, Julia, digo, Isabel, digo, Ekatherina, digo, Andrea, digo, Alba, digo, la repetición, digo, la repetición, digo, la repetición, la repetición, la repetición, la repetición, la repetición la repetición la repetición. Alto. Atención: me parece que tu mano se mueve. Muerden mis ojos a tus dedos de araña mientras lo detengo todo, efe, hasta el tiempo. Nadie ha mirado jamás algo tan fijamente. Ni siquiera parpadeo, ni siquiera escucho mi corazón a caballo, alejándose, Franco, mientras espero ingenua a que algo se mueva para que toda esta historia deje de andar en círculos. Espero hasta que me lloran los ojos, ya no por tristeza, sino por falta de agua.

Un día antes del final volvimos al mar. Recuerdo que tú lo miraste largamente. Ese día en la playa construimos una casa bajo el sol. Fuimos una familia los cuatro. Creamos un nido: todos llevábamos ramitas secas en nuestras bocas. Nos quisimos totalmente. Un tronco con cabeza de pato hizo de mayordomo y daba la bienvenida a las gaviotas. Reímos hasta las lágrimas cuando de la nada se colapsó nuestra estructura, nos abrazamos y volvimos a empezar. Como la marea, la vida es siete veces linda y siete veces triste. Así le da el mundo la forma al mundo. Hay que aguantar, ¿lo entiendes, efe? Los techos construidos se derrumban, lo derruido se reconstruye, hay que aguantar: a golpe de agua se transforma la roca más necia en polvo. Lo que hay que hacer es mantenerse en movimiento, sobrellevar al recuerdo: ni olvidar ni dejar que te consuma. Todos nos amamos.

Ahora que eres casi una planta te daré una pista: es a las medusas a lo que hay que temer, efe, por su silencio. Porque te miran sin ojos, te escuchan sin oídos, viajan hacia ti sin manos ni piernas y piensan en ti sin tener un cerebro. Como tú, tampoco las medusas tienen cerebro. Las medusas, está documentado, son inmortales. Otra pista: me aterra la transparencia. Se mueven con la medida del mar, como si sólo se dejaran llevar, pero te quieren a ti, quieren abrazarte a ti con su falta brazos y quieren meterse dentro de tus ojos, sin decir nada. Es al silencio de las medusas a lo que habría que temerle: a esa muerte casi blanca que no viste llegar, que te detuvo, que pensaste que soñaste o que sólo soñaste. Eres el árbol más pesado del mundo, efe, desde que lo hiciste, desde que te convertiste en algo parecido a un flamboyán.
¿Por qué no vuelves?, ¿por qué no vuelves?, ¿por qué no vuelves?